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sábado, 25 de enero de 2014

Hasta describirte los colores.

Las palabras se miden en palmos y hoy mi color es el gris.
Los edificios de la capital me gritan desde lejos, me cuentan por sus ventanas la cantidad de cosas que han visto, y la cantidad de tonterías que han tenido que escuchar sus fachadas.
Desde la situación más ridícula hasta realatos de breves pero intensas historias de amor, de ese que no se ve todos los días, de esos de película.
La calzada me recuerda lo estúpida que fuí algunas veces, pero suerte que la corbata de tu jefe me revive que supe reconocer siempre los errores cometidos a tiempo.
Los arrepentimientos, llantos y demás recaidas de un domingo por la tarde también tienen ese toque, esa reflección de luz.
Vivo la vida en diferido, en la franja de color gris. Creeme, solo a veces. Más de las que te piensas, menos de las que me gustaría.
Lo gris es tan efímero, ni blanco ni negro, no. Gris.
Su nombre lo dice todo.
Toque gris como el lomo del gato que está en el tejado de enfrente, desafiando a la gravedad cada vez que salta sin caer.
Gris como la ceniza de tus cigarros, como el andar perdido o estancado por el camino de la vida.
De ese color como cuando el cielo está encapotado y parece que está roto.
Gris como los silencios incómodos que no deberían ser así.
Grises como las palabras que aquel día me pediste.
Hoy me he teñido de gris y vaya, que sensación tan...grisacea.
¿Qué es el gris?
Yo no sé, mejor dimelo tú.




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