Incluso que te rompan puede resultar bonito,
pero romperte -a sabiendas- enamorándote de cada fractura,
es otra historia para la que Mundo no estaba preparado,
y mucho menos A.
Ella había nacido lista
y de tanto esperar;
por todos
con todo
y de todo,
se le pararon los adentros.
Si no sabía salir a la calle
sin perderse en cualquier mínima intención...
No recordaba la última vez
que había vertido un poco de su mar a la vida,
y cuando lo hizo
me vació.
De golpe y a golpes.
Por cada lágrima precipitada, siete vidas de gato
por cada una de ellas, ocho arañazos envenenados
y sus respectivos dos años de cicatrización nula.
El espejo la amaba de la forma particular
en que una anoréxica tiene hambre
y no se satisface:
exactamente siendo a la inversa.
Era especialmente especial,
la serendipia de cualquier mortal
dispuesto a cruzársela
cuando pensaba en salir a la calle
y no lo hacía, como ya he comentado antes.
Su mejor amigo se llamaba Domingo,
y cada siete unidades atemporales que venía a visitarla
ésta se maldecía un poco más de la cuenta
-habiéndola perdido, ya ni se sabe dónde-.
No podía salir de la cama
y sin embargo se escapaba,
a ver a Luna cuando menos te la esperabas.
Estaba enferma.
Dicha sensibilidad le acercaba un filo cada vez que contenía la respiración,
es decir, cada trece segundos.
La autoconvicción no bastaba
para permanecer en esta cárcel llamada Mundo.
El pájaro que la habita
ya había conseguido sacar medio cuerpo fuera de allí,
cuando ella lo sujetaba;
-O conmigo, o conmigo. Repetía con cansancio.
Por lo visto;
huir no se hace con cualquiera.
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