Dicen que una imagen vale más que mil palabras
y que las palabras se las lleva el viento.
Lo de darle la espalda fue con querer
de las mil primaveras que no pudimos desvivir
en el vuelo de aquel pétalo rojo.
Cuando se posó en el precipicio yo ya estaba atada,
ella era la llave
y
se había perdido en mi mar desierto
con cero intenciones de ser aguja,
más bien paja de pajar.
En l(o)a corriente está la clave,
y que ésta nos lleve
donde no podamos no encontrarnos indefinidamente.
No sé tú, pero siempre que había un espejo delante
me recordaba a la pescadilla que se muerde la cola
por amor a sus espinas
y a sembrar un final impreciso.
Tan impreciso como la trayectoria del disparo que tanto te deseé,
porque para entonces yo ya era otra persona
que se parecía mucho a tus monstruos,
no estando dispuesta a girar el mundo por cualquier imposible barato.

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