de comprender su magnitud.
La infancia me llevo tantas veces a su seno
donde me acunó en tardes felices y domingos plenos.
Fue el primer sentimiento de caída libre,
literal,
la primera montaña rusa de la que estuve a punto de desbordar.
Vertí tantos mares allí...
Al comienzo de la adolescencia, me rehice
y le reproché todo el caos que era
-aún sin entender-
que su ruido sería mi silencio
cometiendo el error de proclamarlo sin siquiera darle la oportunidad de desconocerme en aquel presente,
que me marcaría a lluvia lenta, cuando menos lo esperase.
Es entonces cuando; un muro y un choque,
con una piedra en mitad del camino
sin posibilidad de salto y la superación correspondiente.
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Es ahora cuando; el verbo ser, sólo con ella.
Y secuestros hacia algún fin de semana con maldita suerte,
de días perfectos sin la importancia de la espera.
Comencé a medir el tiempo a cada encuentro,
y es que de verdad,
tiene unas piernas de infarto,
rascacielos.
El gris es su color, y yo le añado verde,
-que siempre es un buen aliño-.
Hacemos buena combinación.
Me he propuesto conocer todas y cada una de sus arterias
para regresar de madrugada por una vena diferente,
después de haber disfrutado de los excesos
a los que incita con cualquier rubia.
He decidido mudarme bajo su abrigo -de una vez por todas-,
empezar a morir de vida
y volver con muchas historias guardadas, en la manga de mi corazón agrietado.
Tu media naranaja también puede ser una ciudad,
y a mí,
me había elegido

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